“Caso Orlandi”: el periodismo como víctima

Emanuela_Orlandi_vivaReconozco que la publicación de un presunto documento de la Santa Sede sobre el caso de Emanuela Orlandi me ha dejado de piedra. En ese texto mecanografiado se enumeran las sumas de dinero que el Vaticano habría desembolsado para gestionar el secuestro de esta chica de quince años, hija de un empleado vaticano, desaparecida en junio de 1983. El “caso Orlandi” es uno de esos “misterios italianos” sobre el que se ha dicho de todo y lo contrario. Si me he quedado de piedra, no ha sido por el contenido del documento  –a todas luces fabricado- sino por cómo lo han presentado los dos principales diarios italianos. Aquí la víctima no es solo Emanuela ni el Vaticano, sino el periodismo.

La cuestión es que este presunto documento es el tema de un libro que se lanzará al mercado en los próximos días. Su autor es el mismo que escribe también el texto publicado por La Repubblica, donde reconstruye cómo consiguió ese presunto documento y glosa su contenido. Incluso considera que podría ser falso. Pero ese hecho no parece importarle demasiado y se lava las manos: si es verdadero, concluye, la cosa sería clamorosa; si es falso, el Vaticano también tendría que dar explicaciones, pues abre un escenario de enfrentamientos internos. También Corriere della Sera refiere el asunto, subrayando que aunque hay dudas, el documento parece verosímil (aunque no deja muy claro por qué).

Este episodio me parece emblemático de un cierto modo de entender el periodismo: una mera cadena de transmisión de lo que cocinan otros; o de lo que cocino yo, jugando con la apariencia. No me importa si es verdad o no, ni tan siquiera lo verifico. Dejo al lector esa tarea: parece una muestra de respeto hacia él; en realidad, es la dejación de una obligación mía: como periodista, me pagan para eso. Para presentar hechos que avalen lo cierto como cierto, lo dudoso como dudoso, lo falso como falso. Sin tergiversar por motivos de marketing.  Naturalmente que se puede hablar de ese documento, pero presentándolo como lo que es, sin el afán de incrementar su credibilidad a niveles que el sentido común no puede tolerar. Si no hacemos esto, ¿para qué sirven los periodistas? ¿en qué se diferencia de uno que escribe en Facebook?