Tolkien y los lectores que no esperaba

J. R. R. Tolkien desconfiaba de muchos aspectos del mundo moderno. No le gustaban demasiado los automóviles, tenía reservas sobre Shakespeare y contemplaba con escaso entusiasmo los cambios culturales de los años sesenta. Sin embargo, sus libros se convirtieron en una lectura de culto precisamente entre muchos jóvenes que protagonizaban aquella transformación. El creador de la Tierra Media terminó siendo admirado por lectores que probablemente compartían pocas de sus convicciones.

Esta paradoja aparece en la reseña que James Campbell dedica en The Wall Street Journal (31 de octubre de 2026) a The King Under the Mountain: In Search of J.R.R. Tolkien, un nuevo libro de D. J. Taylor. Más que una biografía convencional, se trata de una exploración de la personalidad del escritor, sus ideas y el mundo cultural en el que vivió.

Tolkien era un católico practicante, un estudioso de las lenguas y literaturas medievales y un profesor universitario cuyos intereses parecían pertenecer a otra época. Su conservadurismo no era simplemente político: se manifestaba en su manera de entender la literatura, la sociedad y la vida cotidiana. Según recuerda Campbell, apoyó a Franco durante la Guerra Civil española por motivos religiosos y contemplaba con desconfianza algunos cambios de la sociedad británica.

Pero lo más interesante del libro, tal como lo presenta la reseña, es la relación entre ese mundo personal y el universo imaginario que construyó.Así, por ejemplo, Tolkien rechazaba que El señor de los anillos se leyera como una alegoría de la confrontación entre la Unión Soviética y Occidente, con Sauron convertido en una representación de Stalin.

Insistía en que su propósito no había sido transmitir un mensaje político determinado. Quería contar una historia extensa que mantuviera la atención del lector, lo divirtiera, lo entusiasmara y, en ocasiones, lo conmoviera profundamente.

La popularidad de la obra entre los jóvenes de los años sesenta terminó por mostrar hasta qué punto una historia puede adquirir significados que su creador no había imaginado. Campbell recuerda una observación del propio Tolkien, que reconocía que muchos de aquellos lectores estaban involucrados en sus relatos de una manera que él mismo no compartía.

El fenómeno se ha multiplicado con las adaptaciones cinematográficas de Peter Jackson. La Tierra Media pertenece hoy al imaginario de millones de personas que llegan a ella desde culturas, generaciones y sensibilidades muy diferentes.

La historia de Tolkien invita así a distinguir entre las convicciones personales de un escritor, las intenciones con las que crea una obra y los significados que sus lectores encuentran en ella. No son realidades independientes, pero tampoco coinciden necesariamente. Posiblemente esa capacidad de seguir despertando preguntas que el escritor nunca se planteó sea una de las razones por las que algunas historias sobreviven a su tiempo.