Robert Harris: democracia en peligro y ciudadanos distraídos


La crisis de la República romana y la de las democracias contemporáneas tienen algo en común: la disposición de los ciudadanos a renunciar a la libertad a cambio de estabilidad. Es una de las ideas del escritor británico Robert Harris en una entrevista publicada por La Repubblica el 27 de octubre de 2026 ( «Harris: Agrippa ci fa capire oggi l’Occidente in crisi»).

La crisis de la República romana y la de las democracias contemporáneas tienen algo en común: la disposición de los ciudadanos a renunciar a la libertad a cambio de estabilidad. Es una de las ideas del escritor británico Robert Harris en una entrevista publicada por la Repubblica el 27 de octubre de 2026 ( «Harris: Agrippa ci fa capire oggi l’Occidente in crisi»).

Robert Harris, autor de novelas históricas como Pompeya, Imperium y Conspirata, regresa a la antigua Roma con Agripa, dedicada a Marco Vipsanio Agripa, general y amigo de Augusto. Una figura decisiva en la transformación de la República romana en Imperio, que permaneció en segundo plano respecto a los protagonistas más célebres de aquella época.

Entrevistado por Antonello Guerrera, Harris explica que su interés por Agripa nace también del deseo de comprender cómo una república puede transformarse en una autocracia sin que los ciudadanos se opongan.

El paralelismo con el presente aparece enseguida. Según Harris, la historia romana presenta sorprendentes semejanzas con los Estados Unidos de Donald Trump. Una república pluralista puede terminar bajo el dominio de un hombre fuerte, rodeado de personas ricas e influyentes. Lo más inquietante, observa el escritor, es la facilidad con la que los ciudadanos pueden renunciar a libertades consolidadas a cambio de una promesa de estabilidad.

Harris llama también la atención sobre el papel de la comunicación. El Parlamento pierde protagonismo, el debate público se empobrece y unos pocos multimillonarios tecnológicos ejercen una influencia creciente sobre los medios de comunicación.

Los algoritmos, añade, contribuyen a reescribir el relato de la realidad, mientras disminuye la capacidad de atención del público. Las instituciones democráticas pueden seguir existiendo formalmente, con elecciones y procedimientos parlamentarios, aunque su poder efectivo se reduzca. Otro elemento de la crisis es la dificultad para alcanzar acuerdos sobre lo que es verdadero.

Para Harris, Roma sigue siendo un espejo del presente. Los romanos tenían instituciones, debates, tribunales y conflictos políticos que todavía nos resultan familiares. Su historia permite observar cómo se concentra el poder y cómo una sociedad puede aceptar transformaciones que, consideradas aisladamente, parecen poco importantes.

El interés de la entrevista está en plantear una pregunta: ¿puede una democracia perder progresivamente su sustancia sin que los ciudadanos perciban con claridad lo que está sucediendo?

Es una pregunta que afecta también al periodismo. Si el deterioro de las instituciones se produce mediante cambios graduales, contar únicamente los acontecimientos aislados puede resultar insuficiente. Es necesario reconstruir los procesos, relacionar los hechos y hacer comprensibles transformaciones que, consideradas por separado, pueden parecer insignificantes.

Robert Harris, autor de novelas históricas como Pompeya, Imperium y Conspirata, regresa a la antigua Roma con Agripa, dedicada a Marco Vipsanio Agripa, general y amigo de Augusto. Una figura decisiva en la transformación de la República romana en Imperio, que permaneció en segundo plano respecto a los protagonistas más célebres de aquella época.

Entrevistado por Antonello Guerrera, Harris explica que su interés por Agripa nace también del deseo de comprender cómo una república puede transformarse en una autocracia sin que los ciudadanos se opongan.

El paralelismo con el presente aparece enseguida. Según Harris, la historia romana presenta sorprendentes semejanzas con los Estados Unidos de Donald Trump. Una república pluralista puede terminar bajo el dominio de un hombre fuerte, rodeado de personas ricas e influyentes. Lo más inquietante, observa el escritor, es la facilidad con la que los ciudadanos pueden renunciar a libertades consolidadas a cambio de una promesa de estabilidad.

Harris llama también la atención sobre el papel de la comunicación. El Parlamento pierde protagonismo, el debate público se empobrece y unos pocos multimillonarios tecnológicos ejercen una influencia creciente sobre los medios de comunicación.

Los algoritmos, añade, contribuyen a reescribir el relato de la realidad, mientras disminuye la capacidad de atención del público. Las instituciones democráticas pueden seguir existiendo formalmente, con elecciones y procedimientos parlamentarios, aunque su poder efectivo se reduzca. Otro elemento de la crisis es la dificultad para alcanzar acuerdos sobre lo que es verdadero.

Para Harris, Roma sigue siendo un espejo del presente. Los romanos tenían instituciones, debates, tribunales y conflictos políticos que todavía nos resultan familiares. Su historia permite observar cómo se concentra el poder y cómo una sociedad puede aceptar transformaciones que, consideradas aisladamente, parecen poco importantes.

El interés de la entrevista está en plantear una pregunta: ¿puede una democracia perder progresivamente su sustancia sin que los ciudadanos perciban con claridad lo que está sucediendo?

Es una pregunta que afecta también al periodismo. Si el deterioro de las instituciones se produce mediante cambios graduales, contar únicamente los acontecimientos aislados puede resultar insuficiente. Es necesario reconstruir los procesos, relacionar los hechos y hacer comprensibles transformaciones que, consideradas por separado, pueden parecer insignificantes.