
Una mujer de 68 años, que vive cerca de Barcelona, comienza a aislarse. Deja de salir, rechaza las invitaciones de sus amigas y, aunque mantiene el contacto con sus hijos y nietos, se siente cada vez más sola. Llega a pensar que se ha convertido en una carga para su familia. Hasta que un día decide contarle a su hija lo que le sucede.
Es la historia de Francisca, una de las protagonistas del reportaje «Los suicidios se ceban con los mayores: “Me sentía una carga”», publicado por Esther Armora en ABC el 23 de octubre de 2026. Su testimonio permite acercarse a un problema poco visible: el sufrimiento psicológico de muchas personas mayores y las dificultades para detectarlo antes de que desemboque en situaciones graves.
Los datos que recoge el reportaje son preocupantes. En España, la tasa de suicidio en 2024 fue de 8,1 por cada 100.000 habitantes. Entre los hombres de 85 a 89 años alcanzó los 40,2, casi cinco veces más. Además, tres de cada cuatro personas mayores de 65 años que mueren por suicidio son hombres.
Los especialistas consultados señalan diversos factores de riesgo: la soledad no deseada, la pérdida de seres queridos, las enfermedades crónicas, la disminución de la autonomía y la depresión. Advierten también de que muchas personas mayores tienen dificultades para expresar su sufrimiento o pedir ayuda.
Un dato resulta especialmente llamativo: según las estadísticas del Ministerio de Sanidad citadas por el periódico, los mayores representan apenas el 0,1 % de las llamadas a la línea de atención a la conducta suicida. La distancia entre el riesgo que muestran las estadísticas y la escasa utilización de este recurso plantea una pregunta: ¿estamos prestando suficiente atención a quienes más difícilmente piden ayuda?
El reportaje vuelve a la historia de Francisca para mostrar que es posible intervenir. Tras hablar con su hija, recibió atención psiquiátrica especializada y encontró un entorno que le permitió recuperar relaciones y actividades. Su experiencia recuerda que el tratamiento médico es importante, pero también lo son los vínculos personales.
Más allá de los datos, el artículo invita a reflexionar sobre nuestra manera de entender la vejez. A veces consideramos casi inevitables la tristeza, el aislamiento o la pérdida de interés por la vida cuando aparecen a edades avanzadas. Pero envejecer no significa que el sufrimiento psicológico deba aceptarse como algo normal, ni que merezca menos atención.
Hay una frase de Francisca que resume bien esta cuestión: «Una cosa es estar sola y otra cosa muy diferente es sentirse sola».
Quizá una parte de la prevención comience precisamente ahí: en aprender a reconocer una soledad que no siempre resulta visible, incluso cuando la persona está rodeada de familiares y conocidos. Y en recordar que la necesidad de sentirse acompañado, escuchado y valioso no desaparece con la edad.