¿Puede producirse un golpe de Estado sin tanques, soldados ni ocupación de las instituciones? La periodista filipina Maria Ressa, premio Nobel de la Paz en 2021, cree que estamos asistiendo a algo parecido: una transferencia progresiva de poder desde los gobiernos democráticos hacia las grandes empresas tecnológicas.
En una entrevista concedida a Riccardo Luna y publicada por el Corriere della Sera el 21 de octubre de 2026, Ressa utiliza una expresión provocadora: «colpo di Stato tecnologico». Su advertencia es que cada día que los gobiernos dejan de establecer reglas y controles sobre estas tecnologías pierden una parte de su capacidad de decisión.

Para Ressa, el problema no comienza con la inteligencia artificial. Durante años, las redes sociales han condicionado nuestra atención mediante algoritmos que seleccionan los contenidos que vemos. Después han llegado los asistentes conversacionales, que entran en un terreno más íntimo, y ahora los sistemas de IA capaces de realizar tareas y tomar decisiones con creciente autonomía.
La periodista denuncia que las grandes empresas tecnológicas han adquirido una enorme influencia sobre la circulación de la información sin asumir una responsabilidad proporcional por sus consecuencias. A su juicio, la autorregulación ha demostrado ser insuficiente.
Su preocupación principal es política. Si unas pocas empresas privadas determinan en buena medida qué información llega a los ciudadanos y cómo circula, pueden condicionar las conversaciones y decisiones de las que depende la democracia.
Ressa reclama que los gobiernos recuperen su capacidad de intervención. Propone aplicar con mayor determinación la legislación europea, establecer controles independientes sobre los sistemas de IA más avanzados y promover acuerdos internacionales que garanticen la transparencia y la responsabilidad de sus desarrolladores.
Más allá del tono alarmante de la entrevista, su diagnóstico plantea una cuestión que merece atención. Las empresas tecnológicas no sustituyen formalmente a los gobiernos, pero sus decisiones pueden influir profundamente en las condiciones en las que los ciudadanos se informan, forman sus opiniones y participan en la vida pública.
La expresión «golpe de Estado» es una metáfora discutible, porque no estamos ante una toma del poder político en sentido estricto. Pero sirve para llamar la atención sobre un proceso menos visible: la posibilidad de que decisiones fundamentales para la vida democrática se adopten en espacios privados, sin suficiente transparencia ni control público.
La pregunta que deja abierta la entrevista no es solamente qué puede hacer la inteligencia artificial, sino quién decide cómo se utiliza, con qué criterios y ante quién debe responder.
Porque la democracia necesita algo más que instituciones elegidas por los ciudadanos: necesita también un espacio público en el que puedan informarse y deliberar libremente.