Una novela gana un premio literario. Poco después, un programa informático señala que el 99 % de su contenido ha sido generado mediante inteligencia artificial. El escritor lo niega y asegura que puede documentar cómo escribió el libro. ¿A quién debemos creer?
La controversia gira alrededor de Donde el agua trabaja, del peruano David Silva Rojas, ganadora del Premio Internacional de Novela Breve Almadía Ventosa-Arrufat. La obra fue seleccionada entre 2.204 manuscritos por un jurado formado por las escritoras Cristina Rivera Garza, Selva Almada y Mónica Ojeda.

El 24 de octubre de 2026, Jordi Pérez Colomé, Elizabeth Duval y Kiko Llaneras publicaron en El País una investigación titulada «El 99% de una novela premiada en julio está escrita por una IA, según Pangram». Los periodistas explicaban que Pangram, un programa especializado en detectar escritura artificial, había clasificado como generado mediante IA el 99 % del texto de la novela, unas 26.000 palabras analizadas con la versión 4.1 del detector.
Las bases del concurso prohibían expresamente utilizar inteligencia artificial para escribir las obras. La editorial suspendió las presentaciones previstas en España y anunció una revisión del caso.
El escritor respondió con un comunicado, recogido por El País el 28 de octubre, en el que negaba haber utilizado inteligencia artificial. Explicó que la novela había nacido de una investigación sobre las condiciones de vida de los trabajadores agrícolas de Ica, en Perú. Describió cómo fue elaborando la historia a partir de entrevistas, notas y sucesivas versiones del manuscrito, y se comprometió a facilitar esos materiales a la editorial.
La cuestión sigue abierta. El resultado de Pangram constituye un indicio que merece ser examinado, pero la explicación del escritor también debe ser contrastada.
¿Son fiables los detectores?
El País del 27 de octubre volvió sobre la cuestión con un artículo titulado «Un detective sintético para detectar novelas escritas con IA», de Jordi Pérez Colomé y Kiko Llaneras.
Los periodistas cuestionan la idea de que estos programas sean necesariamente poco fiables. Recogen una revisión de estudios que encontró 49 falsos positivos entre 36.282 textos humanos analizados, aproximadamente el 0,14 %. También presentan pruebas propias con libros anteriores a la aparición de la IA generativa, que Pangram identificó correctamente como humanos.

La investigación del 24 de octubre añadía otros indicios. Pangram atribuyó a la IA el 97 % de las respuestas escritas que Silva Rojas proporcionó para una entrevista y el 80 % de un texto suyo sobre el origen de la novela. Los periodistas señalaron que ninguno de esos textos compartía el estilo de frases especialmente breves de la obra premiada, una característica que podría suscitar dudas sobre el funcionamiento del detector.
Dos días después, Daniel Arjona entrevistó en El Mundo a Max Spero, creador de Pangram. Spero sostiene que los modelos de lenguaje conservan características de escritura reconocibles porque han sido entrenados para responder a determinadas instrucciones. Asegura que su detector produjo un solo falso positivo entre 38.300 pasajes en español analizados y ninguno al examinar 338 novelas de dominio público.
Son cifras que invitan a tomar en serio estas herramientas, aunque no garantizan su acierto en todos los casos. El propio Spero reconoce algunas limitaciones: los resultados pueden variar considerablemente ante pequeños cambios en textos breves y el programa todavía no identifica con suficiente fiabilidad las traducciones realizadas mediante IA.
Hay además una aclaración importante: cuando Pangram atribuye a una novela un 99 % de contenido artificial, no está afirmando que exista un 99 % de probabilidad de que haya sido escrita por una máquina. Está indicando la proporción del texto que clasifica como generado mediante IA.
Los escritores y las editoriales
La polémica tiene otra dimensión. En dos reportajes publicados en ABC el 28 de octubre, Carmen Burné describe cómo los escritores mantienen posiciones muy diferentes ante la inteligencia artificial.
Jorge Volpi ha experimentado con ella para desarrollar proyectos narrativos. Manuel Jabois la utiliza para documentarse y explorar posibilidades léxicas. Dolores Redondo, en cambio, ha incorporado a su último libro un sello que certifica que no ha intervenido la IA.
Mientras tanto, las editoriales ya utilizan estas herramientas para corregir manuscritos, comprobar datos, realizar traducciones y gestionar contratos. Burné presenta el caso de Alighieria, una empresa que trabaja con más de un centenar de sellos editoriales en siete países.
Surge así una paradoja: mientras algunos concursos exigen a los escritores que no utilicen inteligencia artificial, las empresas editoriales la incorporan a su trabajo cotidiano.
Naturalmente, no son actividades equivalentes. Corregir un manuscrito no es lo mismo que escribir una novela. Pero la coexistencia de ambas prácticas obliga a precisar qué usos de la tecnología se consideran aceptables y por qué.
Un premio para escribir con IA
En Francia ha surgido una iniciativa que propone otra perspectiva. Según informó El País el 26 de octubre, tres empresarios franceses han creado el Premio Pascal, destinado a obras literarias escritas en colaboración con inteligencia artificial.
Los participantes podrán utilizar distintos modelos de lenguaje, pero deberán presentar, junto con el manuscrito, un dosier técnico que explique cómo han empleado esas herramientas.
El concurso plantea una pregunta interesante: ¿qué constituye una obra literaria cuando colaboran una persona y una máquina? En lugar de prohibir la tecnología, propone reconocer su presencia y examinar el proceso creativo.
¿Qué significa ser autor?
Los distintos artículos permiten identificar dos cuestiones relacionadas, pero diferentes.
La primera es técnica: determinar si un texto ha sido generado mediante inteligencia artificial. Los detectores pueden aportar información valiosa, aunque sus resultados necesitan interpretación y, cuando están en juego la reputación o los derechos de una persona, corroboración.
La segunda es más profunda: determinar qué significa ser autor de una obra en cuya elaboración ha intervenido una máquina. No es lo mismo utilizar IA para corregir errores o localizar información que pedirle que redacte capítulos completos. Tampoco equivale necesariamente a delegar la creación literaria utilizar una herramienta para transformar en prosa materiales y pensamientos propios.
Las reglas de un concurso pueden establecer límites precisos. Pero, fuera de esos casos, la cuestión de la autoría no se resuelve únicamente calculando qué porcentaje de palabras ha producido una máquina.
Quizá la pregunta decisiva no sea solo quién ha escrito las palabras, sino quién ha concebido la obra, quién ha tomado las decisiones que le dan forma y quién responde por el resultado.
La inteligencia artificial nos obliga a distinguir entre producir un texto y ser su autor. Una diferencia que, hasta hace poco, apenas necesitábamos explicar.