Guillermo Andrés Escobar
En su primer recorrido en el papamóvil, el Papa León bendijo a los más pequeños, saludó con simpatía a los miles de fieles que lo acompañaron en el inicio de su pontificado, desatando ovaciones espontáneas. Conmovido, recibió el anillo del Pescador y el Palio del Buen Pastor, signos de su misión universal. Al términe de la solemne celebración eucarística, recibió el saludo oficial de reyes y mandatarios. Entre los invitados especiales, el hermano mayor del Romano Pontífice, que con su abrazo convirtió aquel instante en un emocionante gesto de humanidad.

Con su primera aparición pública a bordo del papamóvil blanco y descubierto, el papa León XIV inauguró su pontificado con una ola de correspondiente emoción. De pie, con una sonrisa serena y la mano alzada en señal de bendición, saludó a miles de fieles que, desde el amanecer, habían llenado cada rincón tanto de la explanada vaticana como las vías adyacentes para acompañarlo en la Misa de inicio de su misión como sucesor 267º del Apóstol Pedro.
El recorrido fue un verdadero encuentro entre un pastor y su pueblo. León XIV se detuvo a acariciar y bendecir a los más pequeños —dos de ellos, estadounidenses como él—, desatando lágrimas y gritos de júbilo entre los presentes. “¡Viva el Papa!”, exclamaban los fieles más cercanos a las vallas, mientras el nuevo Pontífice respondía con gestos sencillos pero profundamente elocuentes.
Uno de esos gestos fue la mención en su homilía del difunto Papa Francisco, a quien recordó dos veces, provocando los aplausos más largos de la jornada. Otro fue la elección del papamóvil eléctrico usado por su antecesor, como guiño de continuidad y respeto. Recorrió con él la Vía de la Conciliación hasta la Plaza Pía, a pocos metros de la imponente fortaleza del Castell Sant’Angelo, para luego regresar a la Basílica Vaticana, rodeado por un mar de rostros esperanzados.
Un momento especialmente simbólico de la liturgia llegó con la entrega del Palio y el Anillo del Pescador. León XIV se conmovió visiblemente al contemplar el anillo que simboliza la misión confiada por Cristo a Pedro y, a través de él, a cada sucesor en la sede de Roma. Tallado con la imagen del Apostol, las llaves y una red, el anillo, en su parte interna, lleva grabado su nombre: “León XIV” y su escudo papal. Mientras el cardenal filipino Luis Antonio Tagle le colocaba el anillo, un aplauso cálido y sostenido envolvía el solemne momento.
Y si hubo un gesto que reveló la humanidad más íntima del nuevo Pontífice, fue el abrazo que compartió con su hermano mayor, Louis. Ocurrió al término de la misa, en el saludo a las delegaciones internacionales. En medio de presidentes, reyes y primeros ministros, León XIV rompió el protocolo por un instante para fundirse en un abrazo corto pero lleno de significado. El único que ofreció en ese momento solemne.
Así comenzó el pontificado de León XIV: con gestos más elocuentes que mil discursos. Gestos de cercanía, humildad y emoción verdadera que ya han comenzado a marcar su estilo. Un Papa que no solo habla de paz, sino que la transmite. Con cada sonrisa, con cada bendición, con cada mirada. Un pastor que toca el corazón.