La inteligencia artificial parece una tecnología inmaterial, pero su funcionamiento depende de grandes instalaciones informáticas que consumen enormes cantidades de electricidad. La rápida expansión de estos centros de datos está provocando preocupación por sus consecuencias económicas, ambientales y sociales. Un artículo de L’Espresso advierte del riesgo de que una parte de la factura termine repercutiendo en los consumidores.




